sábado, 1 de octubre de 2011

El pequeño hombrecito de lágrimas estrelladas.

Tan pequeño.. tan insignificante en aquel cruel mundo. ¿Por qué tanta injusticia? Ni el mismo podía resolver esa pregunta tan difícil, era demasiado joven como para entender su alrededor, no quería entenderlo, no quería saber el dolor que producía la vida, la realidad. Aquello vino solo.. no lo llamó, pero en cambio se llevó a sus padres. Que cruel la vida.. ¿No? la había tomado con él, se habían llevado a los únicos familiares que le quedaban. Ya no podía tener esa calidez.. todo, todo estaba frío, un tunel sin salida. Una infancia rota, un cielo oscuro.. ¿Era aquello sentir la soledad? lloraba con la cara destapada, mirando hacia el cielo azulado, imaginandose que en alguna parte sus padres le estarían observando. Sonrió al recordarles por unos segundos.. las comidas navideñas, un pavo quemado, unas broncas que al final acababan en risas inolvidables, acompañadas con el chico de la pizza. Aquello si que era felicidad. Nunca olvidará todo lo que pasaron sus padres por intentar hacerle sonreír. No eran unos padres ricos, ni tampoco de alta belleza o de un alto cargo importante, para él, si que lo eran. Eran mucho más que eso, unos valientes caballeros que luchaban por su más preciada armadura; su hijo. Era pequeño, pero sabía observar todo lo que le rodeaba, ellos, que lo dieron tanto, tanto en el más duro trabajo, como en sus más grandes sonrisas.

Mamá.. Papá.. nunca os olvidaré. Siempre os estaré recordando, como a mis más grandes héroes.

 Se limpió las lágrimas con su brazo izquierdo, apartandose los cabellos ya largos de su cara, dando a rozar la brisa de la primavera sobre sus mejillas.

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